Es inevitable seguir hablando de esta triste realidad. Ella nos afecta a cada uno de maneras diferentes, como una amenaza, trastorno de vida, infortunio superado, y a otros con la pérdida de alguien. Un adiós. Como sucedió con más de 400.000 familias en Brasil, hasta ahora. Un número que podría haber sido mucho menor. Un adiós a padres, madres, primos, hermanos, hijos, vecinos, tutores, amigos, colegas, compañeros, o apenas conocidos. Un adiós que se repitió más de 400 mil veces.
Luto, tristeza, incertidumbre, miedo, indignación, llanto, desesperación. Tres de cada cuatro brasileños tuvieron esta trágica experiencia de una forma muy cercana. Víctimas de autoengaños, de desorientación, mala orientación, irresponsabilidad social o por la inercia de las autoridades que priorizaron otros intereses en lugar de la salud pública. Algo que podrían haber hecho mejor. Mucho mejor, o por lo menos, haber evitado afrontar el sentido común y la ciencia.
Una tragedia que al mismo tiempo es reveladora. Por un lado, una línea de frente formada por personas con claridad, carácter, decencia, responsabilidad social, empatía, compasión y solidaridad, con destaque para los equipos médicos, que hace más de un año están luchando cuerpo a cuerpo con el problema, a riesgo de morir en ese intento. Y, por otro lado, la falta de todo esto, la ceguera de quien no quiere ver. O a quien no le interesa ver.
Que esta tragedia nos haga valorar aún más el carácter, el coraje, la responsabilidad social y la empatía por el prójimo de algunos, y decir no a la liviandad, la negligencia, la inconsecuencia y la falta de preocupación social de otros. Somos víctimas no sólo de un virus, sino más aún de la falta de visión y de responsabilidad social. Tanto de quien podría valorizar el simple acto de utilizar una máscara, como de aquellos que podrían haber cumplido su responsabilidad, pero se eximieron. Cuatrocientas mil muertes. Y ellas no han provocado el suficiente impacto como para movilizarnos de forma efectiva para interrumpir esta situación. Algo necesita cambiar para no llegar a las 500 mil, 600 mil. O más.
Maria Angela Sanches Fessel
CRMV-SP 10.159
Publicado en la Clínica Veterinaria, Año XXVI, n. 152, mayo/junio, 2021
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